España cerró 2025 con un balance ambivalente en la lucha contra el desperdicio alimentario. El volumen total desechado dentro y fuera de los hogares ascendió a 1.129,91 millones de kilos o litros, un 0,4 % más que en 2024. La subida interanual rompe la mejora inmediata, pero no borra la tendencia de fondo: respecto a 2020, la cantidad se ha reducido un 19,2 %, equivalente a 269,18 millones de kilos o litros que ya no terminan sin aprovecharse.

Los datos proceden del Informe Anual 2025 de Desperdicio Alimentario presentado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. La medición suma alimentos y bebidas y separa lo que ocurre en las viviendas de lo que se desperdicia en consumos realizados fuera de casa. Esa distinción permite localizar dónde está el grueso del problema y evita interpretar el dato nacional como si restaurantes, comedores y hogares contribuyeran por igual.

Los hogares concentran casi todo el volumen

Las viviendas reunieron el 97,5 % del desperdicio contabilizado en 2025, con 1.101,8 millones de kilos o litros. Fuera del hogar se registraron 28,12 millones, el 2,5 % restante. La suma de ambos componentes reproduce, con el redondeo empleado por el informe, el total nacional de 1.129,91 millones.

El peso de los hogares convierte las decisiones cotidianas en el principal frente de mejora. Entre los productos sin utilizar destacan frutas, verduras y hortalizas frescas. También tienen relevancia las recetas o elaboraciones que se cocinan pero finalmente no se consumen. El patrón combina compras que superan las necesidades, conservación inadecuada, raciones demasiado grandes y alimentos que se olvidan hasta que dejan de ser aprovechables.

La media se situó en 24,3 kilos o litros por residente durante el año, un 0,3 % menos que en 2024. La ligera mejora por persona puede convivir con un aumento del volumen agregado, ya que ambas magnitudes responden a bases distintas y el total también depende del número de residentes. Por eso el repunte del 0,4 % no debe confundirse con un deterioro equivalente en el comportamiento individual.

Una mejora clara frente a 2020

La comparación de medio plazo ofrece una imagen más favorable. El desperdicio doméstico acumula una reducción del 19,2 % desde 2020, el mismo porcentaje que el conjunto medido. Fuera de casa, la caída alcanza el 20,4 % respecto a aquel año. Además, el 41,5 % de las personas declara desperdiciar alimentos cuando consume fuera del hogar, la proporción más baja de los últimos cuatro años.

El informe también aprecia diferencias por edad. Las personas de 25 a 34 años presentan la tasa más elevada de desperdicio alimentario fuera de casa, mientras que entre los menores de 25 años destaca el desperdicio de bebidas. Los mayores de 50 años muestran los comportamientos más responsables dentro de esa comparación. Estas diferencias describen grupos estadísticos y no permiten atribuir el mismo comportamiento a todas las personas que los integran.

El cambio desde 2020 resulta relevante porque aquel año sirve como referencia común, pero no convierte en suficiente el resultado de 2025. Más de 1.100 millones de kilos o litros siguen siendo una cantidad considerable, y casi todo el margen de actuación permanece en el consumo doméstico. La mejora estructural y el pequeño retroceso del último año son, por tanto, compatibles.

Qué puede hacer una familia

Las recomendaciones derivadas del diagnóstico son sencillas, aunque requieren constancia. Planificar los menús antes de comprar reduce la acumulación de productos sin destino concreto. Revisar despensa, frigorífico y congelador evita adquirir lo que ya existe. Ajustar las raciones disminuye las sobras y reservar un día para aprovechar elaboraciones anteriores puede impedir que terminen en la basura.

La conservación también marca diferencias. Ordenar la nevera de modo que los productos con fecha más próxima queden visibles facilita consumirlos a tiempo. Congelar porciones cuando todavía están en buen estado amplía su vida útil. En frutas y verduras, separar las piezas dañadas evita que aceleren el deterioro de las demás.

Otro punto práctico es distinguir entre fecha de caducidad y fecha de consumo preferente. La primera está vinculada a la seguridad del alimento y no debe rebasarse. La segunda señala hasta cuándo el producto mantiene sus cualidades esperadas; superarla no implica automáticamente que sea inseguro, aunque conviene comprobar el envase, la conservación y el estado del alimento. Confundir ambos conceptos puede llevar a desechar productos aptos.

La ley abre una nueva etapa de prevención

El Ministerio enmarca la evolución en la Ley de prevención de las pérdidas y el desperdicio alimentario, aprobada en 2025. La norma busca que empresas y organizaciones de la cadena prioricen la prevención y el aprovechamiento antes que la eliminación. Su impacto completo no puede deducirse todavía de un único ejercicio, y el informe presentado describe el consumo de 2025, no una evaluación causal de la ley.

La política pública se acompaña de una campaña nacional, “Aquí no se tira nada”, prevista para la primera quincena de octubre. El enfoque anunciado se dirige especialmente a los hogares y emplea situaciones habituales para trasladar pautas de compra, conservación y aprovechamiento. La campaña coincidirá con Fruit Attraction, que se celebrará en Madrid del 6 al 8 de octubre.

El balance de 2025 deja dos mensajes que conviene mantener unidos. España desperdicia bastante menos comida que en 2020 y la reducción acumulada se aproxima a una quinta parte. Sin embargo, el volumen total volvió a crecer ligeramente durante el último año. La tendencia ofrece avances comprobables, pero el dato doméstico demuestra que todavía queda un margen muy amplio para convertir la planificación y el aprovechamiento en hábitos estables.