El porcentaje de jóvenes de 18 a 24 años que no estudian ni trabajan en España se situó en el 17% en 2025, seis puntos por debajo del dato de 2015. La mejora aparece en el nuevo informe anual de educación de la OCDE, que cifra en el 13% el promedio de los países comparables para 2025. El descenso es claro, pero la distancia indica que la incorporación a la formación o al empleo sigue siendo más difícil para una parte de la juventud española.

La categoría agrupa a quienes no tienen empleo y tampoco participan en estudios o formación. No describe por sí sola por qué se encuentran en esa situación, cuánto tiempo llevan en ella ni si buscan trabajo. El dato permite observar la dimensión del grupo y su evolución, pero no atribuir una causa común a todas las personas incluidas.

Menos jóvenes fuera de la educación y el empleo que hace diez años

En 2015, el 23% de la población española de 18 a 24 años no estudiaba ni trabajaba. Diez años después, la proporción había bajado al 17%. El informe de la OCDE también registra una reducción en el conjunto de países con datos comparables, del 16% al 13% durante ese periodo. España ha recortado parte de la diferencia, aunque el indicador continúa cuatro puntos por encima de ese promedio.

La fotografía no equivale a una tasa de paro juvenil. Para figurar como desempleada en las estadísticas laborales, una persona debe cumplir condiciones específicas, entre ellas estar disponible y buscar empleo. El grupo que no estudia ni trabaja puede incluir situaciones diferentes, como una búsqueda activa de trabajo, responsabilidades de cuidados, problemas de salud o una transición entre etapas. El indicador no permite saber qué motivo corresponde a cada caso.

La evolución tampoco significa que cada joven que dejó de estar en esa categoría haya encontrado un empleo. Puede haber retomado los estudios o una formación, y las variaciones entre años pueden responder a varios cambios en la población y en el mercado laboral. El dato útil es más limitado: en 2025 había una proporción menor de jóvenes al margen de ambas actividades que en 2015, pero España mantenía una incidencia superior a la registrada por la OCDE en sus países comparables.

Muchos siguen estudiando, pero pocos compaginan estudios y empleo

El mismo informe describe otra característica de la transición a la vida adulta. En España, el 60,8% de las personas de 18 a 24 años seguía estudiando en 2025. La proporción superaba la media de la OCDE, del 53,3%, y la de la Unión Europea, del 58,6%. Sin embargo, solo el 10% de ese grupo de edad estudiaba y trabajaba a la vez, frente a cerca del 18% en la OCDE.

Las cifras muestran que continuar en la educación es habitual, mientras que combinarla con un empleo resulta menos común que en los países de comparación. Estudiar a tiempo completo puede dificultar la disponibilidad para trabajar, aunque el informe no establece que esta sea la causa de la diferencia. Tampoco mide por sí solo la calidad del empleo, los horarios compatibles o las oportunidades de prácticas remuneradas.

La combinación de estudio y trabajo importa porque puede ofrecer ingresos y experiencia antes de terminar la formación. Para valorar sus efectos en España harían falta datos sobre el tipo de empleo, las horas trabajadas, la estabilidad y las condiciones económicas de cada estudiante. El porcentaje comparado señala una diferencia de participación, no una explicación completa de cómo se produce ni de sus consecuencias para cada persona.

La formación secundaria marca otra brecha

La OCDE sitúa también el nivel educativo entre los elementos que ayudan a entender el panorama laboral, aunque sus indicadores describen a grupos de edad distintos. En 2025, el 25% de la población española de 25 a 34 años no había completado la segunda etapa de educación secundaria. En 2015 era el 34%. La proporción ha bajado nueve puntos en una década, pero sigue por encima del promedio de la OCDE, que se situaba en el 12%.

En el conjunto de adultos de 25 a 64 años, la tasa de empleo española alcanzaba el 85% entre quienes tenían estudios terciarios y el 75% entre quienes habían completado educación secundaria superior. Las medias de la OCDE eran, respectivamente, del 87% y el 78%. Son tasas de empleo por nivel formativo, no una medición específica de los jóvenes de 18 a 24 años, y no permiten asegurar que la formación sea la única diferencia entre los grupos.

Leídas junto al descenso de la tasa de jóvenes que no estudian ni trabajan, estas cifras dibujan dos tendencias simultáneas: más personas completan estudios secundarios que hace diez años y menos jóvenes quedan fuera tanto de la educación como del empleo. Aun así, las brechas respecto a la OCDE persisten. El informe ofrece referencias para seguirlas, pero el indicador de jóvenes que no participan en ninguna de esas actividades no identifica por sí solo qué obstáculos necesitan respuesta ni qué medida tendría más efecto.